(Véase aquí el comienzo de este texto)

 

 

TRABAJO Y SIMULACRO: PARÁSITOS Y ZOMBIS

 

              Retomemos ahora un tema antes esbozado, a saber, el de la distorsión del concepto de trabajo como maniobra indispensable –tanto como la creación de deuda- para la supervivencia del actual modelo de crecimiento en las sociedades desarrolladas. Hemos hablado de la diferencia entre el nivel de empleo realmente necesario y el nivel de empleo existente. Esa diferencia, decíamos, corresponde a trabajos objetivamente prescindibles que algunos espabilados han logrado colarles a los demás, y a trabajos generados por iniciativas tan voluntaristas como dispendiosas lanzadas por el Gobierno de turno. La idea de repartir el trabajo ha quedado desprestigiada por la torpeza con que se intentó llevar a la práctica en Francia, pero probablemente sigue siendo válida. Si no, ¿cómo se explica que en los países nórdicos, a los que tan bien les va, el trabajo a tiempo parcial esté tan extendido? Otro aspecto desconcertante es la gran variación del umbral de inadmisibilidad de un determinado nivel de desempleo: en España estábamos tan contentos con un 9% de paro, mientras que los Estados Unidos están preocupadísimos porque han alcanzado ya un 7%. Eso lleva a pensar que el criterio para valorar el nivel de desempleo tendría que ser menos cuantitativo –al fin y al cabo, relativo- como cualitativo. Lo que importa es lo que la gente haga, no cuántas personas lo hagan.

 

              Parece justificado, por tanto, hablar de “sobretrabajo” para referirse a las actividades que o bien son inútiles o bien socavan la utilidad de las otras. Así como la inflación resta poder adquisitivo, el sobretrabajo restaría utilidad a las actividades humanas. La analogía resulta más pertinente si reparamos en que la inflación es el resultado de un exceso de dinero circulante, y el sobretrabajo refleja sin duda un exceso de población circulante. Cuando hay muchos individuos con los que competir, la gente hace lo que sea para sobrevivir. La aparición de parásitos –fundamentalmente los bancos y sisificadores de distinto pelaje- es inevitable. (I-15/12/08 : Hace poco (8/12/08), por ejemplo, aparecía en El País, a propósito del CAP (Certificado de Aptitud Pedagógica) un artículo muy ilustrativo acerca de los que viven de “la estafa del enseñar a enseñar”. - FI)

 

              El espacio de lo “laboralmente posible” se amplía y abigarra. Aumenta el riesgo de interferencia de unas actividades en otras, y la sociedad se va haciendo cada vez más compleja, en el sentido más negativo de este término. Los neoyorquinos, por ejemplo, según explica Eric D. Beinhocker en “The origin of wealth”, tienen a su disposición 1010 productos y servicios tarifados de distinto tipo (SKU: stock keeping units) entre los que escoger, en contraste con los 100 de los Yanomamö. Y bien, resulta que, según cálculos de un economista, “el tiempo necesario para alcanzar una situación de  equilibrio entre X SKU aumenta exponencialmente con el número de productos y servicios que ofrezca la economía, elevado a la cuarta potencia, X4”. Pero no hacen falta ecuaciones: cualquier persona de más de cuarenta años puede percibir el rápido proceso de abigarramiento sufrido por las ciudades y por la sociedad en general en los últimos 20-30 años. Se percibe también claramente un fenómeno de abigarramiento en los productos mismos, lanzados a concentrar cada vez más y más funciones para cautivar a más consumidores con la añagaza del “todo en uno”, con el resultado de que las diez funciones más utilizadas se ven sobrecargadas por 90 que no se emplearán nunca y que encima reducirán la eficacia de las primeras. La featuritis viene a ser por tanto un caso de “sobretrabajo de lo inanimado”, en el que la complejidad aumenta en proporción, en este caso, al cuadrado del número de funciones.

 

 

              Si la inflación significa que el dinero pierde valor, el sobretrabajo significa que el trabajo pierde valor. Los trabajadores pierden valor, y proliferan los trabajos no sólo inútiles, sino precarios, al alcance de cualquier pringui. El resultado es que en general se trabaja cada vez peor, y ello en cualquier ámbito de la vida. Se ha perdido ya la ética del trabajo bien hecho. Luis Landero, en un excelente artículo publicado en El País hace ahora seis años, se refería al jeito, ese “misterioso y morboso placer de hacer las cosas lo mejor posible, ... ese anhelo de perfección que hay en todos cuantos no creen en Dios pero fingen que Dios existe y algún día juzgará nuestra obra”. La ética protestante ayudó en su momento sin duda a propagar esa actitud, o quizá vino simplemente a legitimar en el plano religioso un comportamiento que ya estaba bastante generalizado en algunos pueblos del norte y el centro de Europa. La cuestión es que tal actitud está desapareciendo a pasos agigantados hoy día, de resultas tanto de ese creciente ajetreo del mundo laboral –cada vez más dominado por el sobretrabajo y la precariedad- como, reconozcámoslo, de la llegada a los mercados de trabajo occidentales de inmigrantes que, por razones culturales y genéticas, lo único que quieren es hacer el trabajo lo más apresuradamente posible para salir del paso. Añádase a ello la carencia de perspectiva alguna de futuro laboral, o simplemente de futuro. La gente bastante hace con mantenerse a flote. Una situación de hiperdeuda como la actual, señala Loretta Napoleoni (“Economía canalla”), “obliga a la gente a vivir de forma inmediata, [con los mismos efectos que] la hiperinflación, que convierte los trabajos de reparación y de recambio de piezas en obsoletos, porque es imposible seguir el ritmo al alza de los precios”. Bienvenidos al mundo de otro tipo de desigualdad, la desigualdad tecnológica. Por un lado, la más alta tecnología concentrada en gadgets minúsculos para adolescentes y adultos infantilizados; por el otro, unas infraestructuras que se caen a pedazos o que se ven reventadas periódicamente con dinero público para mantener ocupada a una parte minoritaria de la población, y más estresada a la mayoría de la gente. La imagen del joven ejecutivo de elegante indumentaria utilizando su última generación de móvil en unos andenes apestosos a la espera de un tren con retraso en el que deberá hacinarse como un tocino es paradigmática de esa resignación con que la gente ha intentado reciclar en situación heroica y cinematográfica lo que es de hecho un ridículo contrasentido existencial.

 

              Los factores demográficos también son importantes. Como señala David Bosshart (“Cheap”), en una sociedad de solteros, con la natalidad por los suelos, desaparece el acicate de los hijos para invertir de forma constructiva en el futuro. 

 

              Aparte del instinto que encuentra satisfacción en el trabajo bien hecho y de la fe en el futuro, otro elemento básico del capital social es la confianza mutua, y eso también se está perdiendo de forma acelerada. La desconfianza reduce la cooperación, y sin cooperación la sociedad se empobrece.

 

              Tenemos por tanto una sociedad cada vez más compleja, en la que sin embargo los individuos son cada vez más tontos (véase este ilustrativo histograma –casi imperceptiblemente animado-, y véase también Idiocracy, convertida ya merecidamente en película de culto. [I-31/08/09 – véase también aquí un esbozo de lista de ese tipo de pelis que se han conceptuado como “comedia de guerrilla”, y que consumidas una detrás de otra pueden provocar epifanías de consecuencias impredecibles] FI), y encima hacen cada vez peor su trabajo y son menos dados a cooperar. En un momento u otro el tejido social se resquebrajará. Y yo me pregunto, después de leer hoy una entrevista concedida por el Director del ‘New England Journal of Medicine’, en la que dice que estadísticamente la próxima pandemia de gripe debería producirse dentro de entre dos y 20 años, ¿cómo va a ser capaz la humanidad, vista su indefensión ante un producto suyo en definitiva banal como son las hipotecas tóxicas, de coordinarse mínimamente para hacer frente a lo que será un producto salvaje de la naturaleza cuyo comportamiento es muy difícilmente previsible? (I – 15/12/08 - A propósito, podemos constatar ya que las esfuerzos relizados por la OMS desde hace un año para concretar las medidas que deberían tomarse a nivel internacional se estrellan una y otra vez con las tozudas exigencias de algunos países. Este Doha de la salud puede tener consecuencias mortales para decenas de millones de personas, en un escenario frente al cual la actual catástrofe financiera será un juego de niños. F-I) (I-25/04/09) A propósito, esta gripe porcina que afecta a México tiene muy mala pinta. El hecho de que el virus H1N1 implicado sea un híbrido de genes humanos, aviares y porcinos hace de él un auténtico Frankenstein del que se puede esperar cualquier cosa. Pero no hay nada que temer: ahí está Trini y su dilatada experiencia en el campo de la medicina para salvarnos a los españolitos. Esperemos que no condicione las medidas de respuesta al hecho de averiguar antes si el virus es de izquierdas o de derechas. Es curioso, la salgado se presentó como candidata a Directora General de la OMS, donde se supone que hubiese puesto a disposición de toda la humanidad los abundantes conocimientos que quería que le atribuyéramos para combatir este tipo de pandemias dado que es... ejem, economista. Pues bien, ahora se los guardará para sí porque estará muy enfrascada jodiendo aún más la economía nacional. ¡Qué gran estratega este ZP! Dice que quería imprimir un cambio de “ritmo” al Gobierno... Sólo nos faltaba ver bailando sobre un escenario a ese elenco de impresentables. (FI). 

 

              En cualquier caso, tengamos o no ocasión de sufrir en un futuro próximo el ataque del monstruo, el aumento simultáneo de la complejidad social y de la inepcia de los trabajadores conduce a lo que podría denominarse el Principio de Peter Social: “Toda sociedad está destinada a fomentar la complejidad hasta niveles que será incapaz de manejar”. [Véase Receta anticrisis nº 10] La reciente crisis financiera es sólo el último botón de muestra, pero el mundo de la gestión y de la informática está repleto de ejemplos a menor escala que todos conocemos (caso de Vista). (I-05/02/09 – Extraigo de aquí el siguiente párrafo, que viene pintiparado como refuerzo de lo que acabo de decir, y que no me voy a molestar en traducir:

 

“But entropy being what it is, the natural (dis)order of things is for war, starvation, disease, and other suffering to exist. That is to say, a world system as complex as ours, with tolerance for disorder as low as ours is, does not require "villains" to produce evil. No one has to "make" an economy fail, or a war break out, or a famine or epidemic to kill millions. Just do nothing, and those things will happen by the natural (dis)order of things. Entropy is the villain, and the more complex the system and/or the lower the tolerance for disorder, the more potent a villain entropy becomes.“ (FI)

 

              Retomando el hilo, el paulatino embrutecimiento de los trabajadores no cualificados hace de ellos auténticos zombis. Seres programados para responder a un puñado de situaciones específicas de manera automática, sin intervención de su cerebro. Fuera de esa reducida gama de escenarios, se limitarán a balbucear, a decirnos que no es posible lo que nos está pasando, a echarnos la culpa de lo sucedido, o a remitirnos a otro zombi aún más exasperante. Ahí los tenemos, cada día, en los más diversos ámbitos, entre los camareros que nos atienden, en nuestras reclamaciones por teléfono o en nuestras batallas personales con la Administración, un ejército de zombis como primera línea defensiva de una sociedad que se sabe tremendamente vulnerable porque sabe que ha alcanzado un nivel de complejidad que le supera. Un ejército de zombis para desanimar a cualquiera, que nos dirigen por una vía u otra a la solución más fácil, a comprar más o más caro. Y en cualquier caso, que nos hacen perder el tiempo, mucho tiempo.

 

              (I-09/03/09) Es curioso que, precisamente a raíz de esta crisis, se haya empezado a hablar también de bancos zombis, de bancos de hecho reconocidos por todos como auténticos cadáveres, pero mantenidos artificialmente con vida con el dinero de los contribuyentes. En definitiva, por un lado o por otro, estamos rodeados de zombis. (FI)

 

              He ahí otro costo oculto para los consumidores: las gangas lo son muchas veces porque en términos de tiempo pagamos tanto o más que lo que nos hemos ahorrado en términos pecuniarios. Es el tiempo que pasamos en los embotellamientos para acceder a ese hipermercado tan barato (“a lo largo de su vida los alemanes se pasan como media 200 días en retenciones de tráfico”, dato de Cheap), o el tiempo invertido en esa tarea tan divertida consistente en montar los muebles de IKEA, o el tiempo empleado buscando información e introduciendo datos personales en el ordenador para conseguir una oferta de Easyjet, o ese tiempo por cuyo acortamiento estamos dispuestos a pagar para embarcar más rápidamente una vez en el aeropuerto para ser el primero en llegar a la lata de sardinas. Es la “externalización al cliente” de un montón de cosas que antes hacían los empleados que nos atendían.

 

              Así pues, ya vemos, el tiempo útil/disponible para la sociedad se ve atacado por todos los frentes: los sisificadores que han hecho de ello su forma de vida, los zombis constituidos en pantalla de desinformación y desorientación para el cliente, y los externalizadores que delegan cada vez más y más tareas en el usuario. ¿A quién puede extrañarle que tengamos la sensación de vivir cada día peor?

 

              (I-08/08/09) –  Partiendo de la cita que abre esta página web, según la cual la mitad de los trabajos desempeñados son en el fondo trabajos de simulación/encubrimiento, si tenemos en cuenta que buena parte de los trabajos consisten en perturbar actividades realmente útiles, se podría elaborar un gráfico con un eje de abscisas que represente el grado de simulación/encubrimiento del propio trabajo, y un eje de ordenadas que represente el grado de impedimento del trabajo de otros. Los “trabajos” más repugnantes serían los situados en el ángulo superior derecho, como por ejemplo la imposición de un requisito burocrático exasperante –impedimento del trabajo de otros- para demostrar la “eficacia” de ese nuevo sistema de gestión implementado en la empresa que todo el mundo sabe que no funciona –maniobra de ocultación de la realidad-). Esas actividades deberían conceptuarse más bien como antitrabajos, pero la situación extrema, la perversión máxima, –bastante frecuente por otro lado- correspondería al antiantitrabajo, consistente no ya en dificultar el trabajo de otros y/o simular algún tipo de realidad, sino en dificultar el antitrabajo de otros (anti por perturbador o encubridor).  En el ejemplo anterior, el trabajo dificultado sería el de un publicista contratado para encubrir las deficiencias de un producto ya comercializado. Ese antiantitrabajo podría representarse quizá también en un tercer eje superpuesto a los dos descritos supra -como eje definitorio de la naturaleza productiva o parasitaria del trabajo “target” dificultado- con lo que obtendríamos un maravilloso gráfico tridimensional, en el que podríamos jugar a ubicarnos, nosotros y nuestros amigotes. (FI)

 

              En el libro citado supra (Cheap), David Bosshart otorga a la variable “tiempo” de producción/consumo la importancia que realmente merece integrándola en una suerte de ecuación de resonancias termodinámicas. Los nuevos productos y servicios introducidos en el mercado pueden ser más baratos y rápidos, o más baratos y de más calidad, o más rápidos y de más calidad. Pero no pueden ser, a la vez, más baratos, más rápidos y de más calidad. A la vista de las tres opciones viables, está claro cuál ha elegido la sociedad: sólo la fabricación de productos/oferta de servicios cada vez peores permite acelerar su producción/consumo por el cliente y hacerlos simultáneamente más baratos, para así vender más. El consumo crece cuantitativamente a expensas de la calidad, pero es que la calidad importa un carajo porque no forma parte del PIB. ¿A quién puede extrañarle que tengamos la sensación de vivir cada día peor?

 

              Espero que en algún momento alguien intente también dar la importancia que merece a otra variable relacionada con el deterioro de la calidad de vida: el ruido.  Intuyo que este molesto detalle de la vida cotidiana debe de ser como mínimo un indicador fiable de alguna variable(s) económica importante. Probablemente su intensidad media es proporcional a la cantidad de (sobretrabajo+inflación) en la sociedad. Vendría a ser como la temperatura del ajetreo patológico de los individuos. Por no hablar ahora aquí de su más que constatada influencia en la salud. 

 

              (I-16/03/09) Si un mérito debemos reconocerle a España es sin duda, por encima de cualquier otro, el de haber sido y seguir siendo la cuna de un montón de chorizos que han impulsado como en ningún otro país industrializado la industria del parasitismo. Viene esto a colación porque hace poco leí en la prensa (El País, 12 de marzo) la lista actualizada de los milmillonarios a nivel mundial y en nuesro entrañable país en particular. La comparación de las diez primeras fortunas mundiales arroja un resultado muy revelador: entre esas diez fortunas, todas han sido generadas por negocios relacionados con la economía tangible no ladrillera (Microsoft, Berkshire Hathaway (seguros), Telmex (telecomunicaciones), Oracle, Ikea, Aldi, petroquímica, acero, Aldo, Inditex (moda)). Pues bien, las diez primeras fortunas españolas de la lista tienen que ver con lo siguiente: Inditex (moda), ango (moda), “Inversión”, “Inversión”, ACS (construcción), FCC (construcción), “Inversión”, “Inversión”, Banco Santander, “inmobiliaria”). Entre los seis españoles que salen de la lista, además -lo digo por aumentar el valor estadístico de estos datos- uno se dedicaba también a ese misterioso concepto de “Inversión”, tres al ladrillo, y otro al turismo.  Se desprende de este análisis que los capitalistas dignos de ese nombre no tienen nada de parásitos: fomentan la producción de bienes útiles para la sociedad, y lo que ganan a cambio es sin duda desorbitado... pero se lo han merecido, y sus impuestos pagarán, o deberían pagar.  En cuanto a los ricos de nuestro país, por el contrario, instintivamente suena a guasa calificarlos de capitalistas. Los dos únicos que hay en la lista dedicados a producir bienes no ladrilleros, además, se dedican a lo más frívolo: el mundo de la moda. Si en un caso encontramos productos informáticos, alimentos, acero puro y duro, etc, en el otro lo único que vemos son productos financieros y montañas de cemento suburbial.

 

 

              Siempre he pensado que, por encima de cualquier otra clasificación, lo que más diferencia a los hombres y más determina su ubicación en el paisaje laboral y social es la actitud ante el trabajo que mamaron en su infancia: unos aprendimos que el dinero era la contrapartida de la producción de algo, y asimilamos como normal que hubiera que trabajar, que hubiera que esforzarse un poco o mucho para salir adelante en la vida. Pero otros, por muy diversos motivos, aprendieron desde niños que todo lo que fuese cobrar por hacer un trabajo que entrañara el más mínimo esfuerzo era dejarse tomar el pelo; la forma elegante de ganarse la vida es utilizar a otros para trabajar de verdad, y ponerse en medio para quedarse con parte del dinero circulante sin mover un dedo. En España, como todo el mundo sabe, esta ideología es la asumida por el 90% de la población, currantes y no currantes, y el que no la practica es porque no puede.  El desprestigio de la formación profesional es un botón de muestra de esa actitud, pero también lo es, por ejemplo, esa relación inversa detectada entre el número de patentes por millón de habitantes y el incremento anual a que avanzaba el precio de la vivienda en los países industrializados hace unos años. En este gráfico España es el puntito que aparece más abajo y a la derecha. O sea: los últimos de la fila. ¡Qué gran honor!  (Los datos proceden si no recuerdo mal de The Economist, pero no encuentro la referencia exacta. No puedo concretar tampoco a qué periodo se refiere el incremento del precio de la vivienda, pero creo que se trata de un periodo de 5 o 10 años.) (FI)

 

 

              (I-22/05/09) – A propósito de parasitismo, o sea, de vivir del cuento ofreciendo a la sociedad productos sin valor añadido (por ejemplo informes para la Generalitat copipasteados de la web por 30 000 euros), creo que era Joaquín Estefanía quien se preguntaba hace poco -en las páginas de ese diario cada día más partidista, más manipulador y más dado al amarillismo llamado El País- por las razones de que España esté atravesando esta crisis con mucho más aumento del paro y menos disminución del PIB que los otros países europeos. Creo que la respuesta es obvia: en España, para crear una determinada cantidad de riqueza (real) se necesita mucha más gente. De manera que cuando disminuye la actividad económica se queda mucha más gente en el paro, y la pérdida de PIB no es tan acusada porque en el fondo no se estaba creando tanta riqueza como podía deducirse de ese ajetreo ruidoso que preside la vida cotidiana en esta mierda de país. Mucho ruido y pocas nueces. (FI). 

 

 

 

(I-25/04/09) – El parasitismo laboral interpretado desde la bioeconomía: 

 

              Si se da por buena la calificación de parásitos para una gran parte de la población que trabaja, el dato, según Wikipedia, de que nada menos que la mitad de los animales presentan al menos una fase parasítica en su ciclo de vida, y de que casi todos los animales en libertad albergan algún tipo de parásito, no puede sino conducirnos a la siguiente conclusión: la gran variedad de ocupaciones en la sociedad refleja las diversas formas de adaptación que el ser humano ha encontrado en el seno de la sociedad para sobrevivir. Al igual que las especies se multiplican y distribuyen en mil ramificaciones en el árbol de la vida de resultas del descubrimiento de un nicho de energía no explotado, los seres humanos han ido ideando un sinfín de formas de aprovechar diferencias de energía en su entorno para acumular capital, para acumular mayores probabilidades de sobrevivir y pasar sus genes a la siguiente generación.

 

              Dentro de los seres vivos, los hay que toman su energía de fuentes muy primarias: el sol en el caso de las plantas, las plantas a su vez en el caso de los herbívoros… pero en el otro extremo encontramos a los que se comen directamente a otros animales. Se comen, en definitiva, formas muy elaboradas de energía. En la parte media de ese espectro hallaríamos a animales especializados en sobrevivir a base de restar más o menos energía a otros, sin llegar a destruirlos, simplemente debilitándolos de alguna manera: parásitos.

 

              La historia del trabajo humano es la historia de cómo los hombres, partiendo de una situación básica en la que aprovechaban directamente lo que la naturaleza les ofrecía en general en abundancia, descubrieron primero la posibilidad de aprovechar toda la energía de otros seres humanos convirtiéndolos en esclavos, para luego, conforme avanzaba la civilización, descubrir mecanismos más astutos para sacarles más partido, evitando su muerte y prolongando así su uso como fuentes de energía. Algo parecido a esa argucia de los virus de empezar matando para luego hacerse menos virulentos pero a cambio afectar a más personas. Ahí tenemos al VIH, que ha acabado constituyéndose (bien es cierto que no tanto por “decisión propia” como por efecto de los antirretrovirales) en parásito de por vida de las personas a las que infecta.

 

              Al igual que en la naturaleza el parasitismo se convirtió en la forma mayoritaria de “seguir con vida”, probablemente era inevitable que en las sociedades humanas el parasitismo social acabase convirtiéndose en la forma más extendida de “ganarse la vida”. El factor determinante para ello sería la aparición de una situación de saturación. Cuando el ambiente/entorno laboral se satura con otras especies/otros individuos en busca de trabajo, probablemente lo más rentable sea intentar insertarse en la cadena de circulación de la energía/dinero.

 

              Si abordamos el mundo laboral con la perspectiva de un zoólogo, no tardaremos en dejar de ver en ese mundo los distintos genotipos del Homo Economicus que la cultura nos ha enseñado a ver: trabajadores definidos por funciones bien precisas, que responden a la lógica de un mercado aparentemente orientado a la producción de bienes, destinados aparentemente a su vez a satisfacer necesidades objetivas claramente identificables. Por el contrario, repararemos enseguida en que esa asombrosa diversidad de ocupaciones, a cuál más ridícula, que desempeñan los seres que nos rodean equivale a las múltiples formas, la mayoría igualmente ridículas desde nuestra obligada perspectiva antropocéntrica, que ha adoptado la vida.

              Y así como el comportamiento de todos esos millones de especies que hay sobre la Tierra no responde a ningún plan coherente de ocupación y modificación del planeta (a no ser que creamos en el diseño inteligente), pues reflejan sólo las distintas fórmulas que el azar y la necesidad han creado para aprovechar gradientes de energía que antes no tenían más destino que la disipación (“nature abhors gradients”), del mismo modo, todas esas actividades que desempeñamos los humanos de manera rutinaria para sobrevivir o simplemente para justificar nuestra existencia son meras conductas desarrolladas en respuesta a la presión del azar y la oportunidad, que sólo adquieren (sin)sentido en el ecosistema en que se insertan, es decir, en el contexto de las peculiaridades de cada sociedad. Si llevamos a un pastor de las estepas de Mongolia a los alpes suizos para mostrarle que hay tipos que se ganan la vida como monitores de un nuevo deporte que combina el snowboarding y el parapente, muy probablemente los contemplará con tanta extrañeza como la que nos suscita el sistema de reproducción del caballito de mar. (FI)

 

 

              (I-10/05/09 - Sobre cómo el capitalismo intenta sobrevivir viajando en el tiempo - “Where is the bubble we can short”

 

              Después de algunas lecturas, sobre todo después de leer una recopilación bastante interesante de artículos realizada por Michael Lewis (Panic - The story of modern financial insanity), creo poder entender mejor los mecanismos que han provocado esta y otras crisis.  Dicho resumidamente, de “poder comprar algo tangible sólo si tengo dinero” (fase 1 – capitalismo primitivo) se pasó a “poder comprar algo tangible/no tangible aunque no tenga dinero pero con el dinero del banco” (fase 2 - banca comercial ortodoxa) y más tarde a “poder comprar/vender (especular) algo no tangible (productos derivados) con el dinero de otros (inversores con afición al riesgo) a través de las ramas de inversión de los bancos o de chiringuitos de dudoso funcionamiento (fase 3) (hedge funds). Este último paso se habría convertido en imprescindible para mantener el nivel “deseable” de actividad –de empleo- en la economía. Si para prestar a pepito tengo que esperar a que me haga un depósito juanito, la cosa es demasiado fácil. Como eso implica un estancamiento de la actividad crediticia, y del movimiento de dinero en general, las grandes lumbreras financieras, para satisfacción de nuestros gobernantes, empezaron a idear diveras fórmulas para importar dinero del futuro. Intentaré explicarme.

 

              La actividad tradicional de los parásitos, como ya se ha comentado aquí, consiste en detectar gradientes de dinero-energía (diferencias entre el mínimo que alguien quiere cobrar por algo y el máximo que otros están dipuestos a pagar por ello) y ponerse en medio para quedarse con parte del dinero-energía. Cuando crece el número de parásitos-intermediarios y el paisaje de gradientes de energía (montañas dispersas que suben y bajan) tiende a transformarse en una planicie, la única forma de sobrevivir consiste en desarrollar una habilidad especial para detectar gradientes de dinero temporales: saber leer los indicios de que ese espacio de playa se habrá convertido en una inmensa colina dentro x días o meses. La Bolsa tiene algo de eso, pero de forma engañosa, porque a la que una parte del terreno sobresale un poco todos los inversores se abalanzan sobre ella y la dejan bien pisoteadita. No, no, lo divertido es lanzarse a elucubrar acerca de puntos aparentemente anodinos del terreno con información poco menos que privilegiada (o con eso llamado intuición, que en muchos casos es pura buena suerte) para adivinar que ahí va a aparecer repentinamente un volcán o se va a producir un corrimiento de tierras. Veamos dos ejemplos del mecanismo llamado “selling short”:

 

      - Tailandia, un listillo prevé que el baht se va a devaluar frente al dólar. Decide pedir un préstamo para comprar dólares y depositarlos en un banco estadounidense a la espera de que se confirme su diagnóstico. El dólar da muy poco interés, sobre todo comparado con el baht (que los ha subido para proteger su moneda), pero nuestro especulador cree que sus pronósticos se confirmarán en cuestión de días, y la pérdida en concepto de intereses será mínima. En efecto, el baht no tarda en ser devaluado un 30%. Ahora sólo resta iniciar el viaje de vuelta: cambiar dólares por bahts. Devuelve el préstamo, y se queda con una suculenta plusvalía. Es lo que ocurrió en julio de 1997. Selling short de moneda.

 

      - En la Bolsa, el mecanismo consiste en poner el punto de mira en acciones que se cree que van a bajar cuando todo el mundo espera que se mantengan o suban, pedirlas prestadas a cambio de una pequeña comisión, venderlas enseguida, esperar a que efectivamente hayan bajado pasado el plazo de préstamo, y recomprarlas a buen precio para devolvérselas intactas al que te las prestó.  La diferencia del precio menos la comisión será la plusvalía. Selling short de acciones.

 

              A diferencia de lo que ocurre en la especulación clásica, en la que se compra barato y se vende caro, aquí se le da la vuelta al orden cronológico y primero se vende caro lo que no se tiene y luego se compra barato. Puede interpretarse que el inversor se ha ido al futuro para realizar una inversión retrógrada.

  

              Veamos otro caso ilustrativo: John Paulson es un tipo que se embolsó unos 3 o 4 mil millones de dólares especulando con los “credit default swaps”, (CDS), un seguro contra impago de créditos. En este caso los créditos eran mayormente inmobiliarios. A mayor riesgo de impago, más caro sale el CDS (la prima que hay que pagar mensualmente o anualmente a la aseguradora o similar para, en caso de impago, cobrar una cantidad predeterminada). Uno de los gestores de cartera que trabajaba para Paulson empezó a vender a corto CDO (esos paquetes de deuda asociada a hipotecas y divididos en tramos de distinto riesgo) de alto riesgo. Pero la cosa no se acabó ahí. En ese momento, cuando en el mercado inmobiliario la mayoría de la gente no podía concebir que los precios de los pisos bajasen en algún momento, los CDS eran baratillos, pero Paulson tenía bastante olfato: compró un montón de CDS baratos y espero a que la crisis inmobiliaria los encareciese para vender. O sea, en este caso, al  mismo tiempo, especulación retrógrada (CDO) y anterógrada (CDS).  La frase con que Paulson lanzó a sus hombres a tantear el terreno para detectar oportunidades de forrarse: “Where is the bubble we can short?” es una sinopsis insuperable del mecanismo implicado: sabiendo/intuyendo que está instalado en lo alto de la burbuja (cerca del pico), el inversor pasa por debajo de ella y, viajando en el tiempo, se va al extremo en que ha estallado, para desde allí lanzar su ataque al pasado. El dinero que le reporte la operación será de hecho dinero importado desde el futuro.

 

              Mi conclusión es que las personas que se han enriquecido de ese modo han ido detrayendo retrógradamente de la sociedad, para meterlos en su bolsillo, recursos que de otro modo se hubiesen repartido de forma anterógrada más equitativamente entre los inversores tradicionales, y entre la gente en general. Ahora lo que tenemos es un inmenso agujero formado a la vez por la deuda tradicional contraída por la gente y por la deuda que algunos capullos nos han dejado en el futuro. Un agujero que, como se resistía a desaparecer, Trichet (Quoque tu filii mii) ha decidido por fin intentar llenar con dinero-helicóptero, según noticia reciente. (FI)

 

              (I-19/10/09) Otro ejemplo que cabe mencionar aquí de esa tendencia a importar ganancias desde el futuro es la fiscalidad de las SICAV en España. ¿Por qué se niegan la salgado and company a gravarlas de verdad (no ese miserable 1%) con carácter anual, al igual que el ahorro tradicional? Su argumento es que sus titulares deben pagar al retirar los fondos. Pero, ¿por qué ellos han de tener el privilegio de retrasar ese pago y los demás no? En la práctica eso equivale a reducir la tasa que se les aplique, porque los afortunados que recurren a esos instrumentos tienen al menos la oportunidad de invertir ese dinero retenido de alguna manera y cobrar intereses por ellos. Se demoran esos pagos para que el dinero siga circulando en la economía.(I)

 

              (I-01/01/10) Pero es curioso, parece como si esos viajes en el tiempo del dinero no se limitaran al futuro. Se observan cada vez más transferencias también hacia el pasado, pues no otra cosa es el hecho de dedicar dinero a desenterrar a Lorca (infructuosamente para desesperación del alucinado Ian Gibson; se lo tiene merecido, por empeñarse en menear la mierda de la guerra civil) o el proyecto zapateril de “reparar los daños ocasionados por la expulsión de los moriscos. (FI)

 

 

(I-02/11/09) ¿EMPIEZA LA POSCRISIS?

              El crecimiento de EEUU en el tercer trimestre de 2009 ha llevado a muchos a echar las campanas al vuelo. Pero fijémonos bien en las cifras. Los analistas cifran en unos 800 000 millones de dólares la suma inyectada por EEUU en su economía con dinero de los contribuyentes para, dice El País de ayer, “fortalecer carencias de capital y estimular la venta de automóviles. Fijémonos en la evolución del PIB norteamericano durante el último año: a este gráfico hay que añadirle el último dato del +3,4% correspondiente al tercer trimestre. Se observa claramente que la tendencia “natural” del PIB era a llegar hasta el 8% fácilmente, y quizá a empezar a descender ahora. La diferencia entre el 8% + 3,4% de ahora supone aproximadamente un 12% del PIB. Pues bien, considerando que el PIB de EEUU asciende a unos 14 billones de dólares, un 12% equivale a aproximadamente 1,7 billones.

 

              Es indudable que estamos ante una corrección “mecánica” del PIB estadounidense. Hay una tautología de fondo: mido el PIB por las transacciones de dinero, hago circular un montón de dinero inyectado por el morro, y resulta, oh gran sorpresa, que aumenta el PIB. La hostia, Geithner, Bernanke, Krugman y compañía. Sois la hostia de astutos. Y todo el mundo os sigue el rollo. (FI)

 

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Recetas anticrisis

(En realidad, soy consciente de que, consideradas globalmente, las propuestas que siguen a continuación no son tanto recetas contra la crisis como recetas ANTISISTEMA. No era mi intención, pero es lo que me ha salido.) En cualquier caso, el orden en que aparecen las ideas no responde a ninguna prelación sino al orden en que han surgido  a lo largo del texto.

 

1 - “Estrogenizar” el sistema financiero. Estoy absolutamente en contra de las cuotas de género, pero si algo necesitan los bancos –aparte de dinero que circule, claro está- es personal con más aversión al riesgo. Más mujeres entre los brokers, por favor, y menos jovencitos con prognatismo mandibular. (De paso, asumiendo sin complejos esta postura de “determinismo bioquímico”, intentar averiguar si las dosis masivas de Prozac y similares han contribuido, vía aumento del optimismo, a desencadenar la actual crisis, e implantar los controles necesarios entre los empleados de banca).

 

2 - Permitir a los bancos reponer tranquilamente su capital-ratio, core-capital o como se llame hasta un nivel decente.

 

3 - Nacionalizar total o parcialmente los bancos en crisis hasta recuperar el dinero, para que no le cueste un céntimo a los contribuyentes.

 

4 - Fomentar el inconformismo: desincentivar el conformismo, pero no sólo en el sector bancario. Toda la sociedad debería tomar nota de las prácticas seguidas en el ámbito de la investigación científica. Si la ciencia avanza como lo hace, ello se debe entre otras cosas a que es el ámbito en que más se incentiva la crítica a lo establecido. A la espera de que ello ocurra algún día (¿), tomar medidas para educar financieramente a la población.

 

5 - Reducir las desigualdades para reducir la emulación, uno de los principales motores del consumismo. Menos emulación significa menos petición de créditos. Pero además, como la felicidad es relativa (por comparación con el vecino), la pérdida de felicidad por reducción del consumo absoluto se compensará con creces por la felicidad reportada por el aumento relativo de los ingresos.

 

6 - Trabajar menos / consumir menos. Repartir el trabajo. La crisis de los años treinta parió la semana de cinco días. La de 2008-201X ha de parir la semana de cuatro días.

 

7 - Aumentar los impuestos sobre el consumo (en particular, gravar más las segundas y terceras residencias para evitar la proliferación de cemento y las burbujas inmobiliarias) / reducir los impuestos que gravan el ahorro.

 

8 -  Exigir que nuestros ahorros y nuestros impuestos no se despilfarren. Para lo primero, se exigirá al Estado que cree bofes (bonos para fines específicos, por ejemplo para aplicar la Ley de Dependencia) y se elegirán entidades bancarias “éticas” que nos permitan invertir el dinero en productos y servicios útiles para la sociedad. Para lo segundo, se buscarán fórmulas idóneas a fin de poner en práctica algún tipo de objeción fiscal.

 

9 - Consumir cultura, no cultureta ni propaganda oficial rebozada de cultura. Sabotear todas las manifestaciones culturales/artísticas en las que se despilfarre el dinero de los contribuyentes (de baja relación calidad/subvención, o sea, por ejemplo, la mayoría de las películas españolas y, por supuesto, todas las películas dobladas al catalán o a cualquier otra paleolengua ibérica).

 

10-Recelar de la complejidad. Desaprender eso de que las cosas, cuanto más complicadas, mejor funcionan.

Todo lo contrario. La mayoría de las veces la complejidad se la han añadido innecesariamente parásitos que no han encontrado nada mejor que hacer en la vida.

 

            (I-12/09/09) – Todas estas recetas pueden parecer algo ingenuas, un brindis al sol, sobre todo viniendo de alguien que no es economista, pero creo que es preferible esto a la cantinela de muchos articulistas economistas que desde hace dos años no dejan de recordarnos de diversas maneras que es una vergüenza que la “ciencia lúgubre” no haya sabido prever esta crisis, sin aventurar ellos ninguna idea tangible para salir de ella o evitar que se repita. Como máximo, se deslizan opiniones vagas en la línea de lo tratado por los grandes líderes mundiales en sus reuniones-espectáculo: que si es necesaria una mayor regulación, que si hay que endeudarse menos... Sí, todo eso ya lo sabemos, pero el hecho de reconocer que tus colegas han estado ciegos o han mirado hacia otro lado ni te disculpa por haber hecho lo mismo ni te exime de intentar aportar algo de luz en la situación presente y, si no, callarte.

 

            Ese discurso de señalar enérgicamente a los presuntos culpables de ignorancia y/o pasividad encuentra su complemento ideal en la operación de elogiar a los pocos autores que en su día criticaron alguna de las muchas burbujas que nos han conducido a la situación actual. Es lo que hace Joaquín Estefanía en una columna reciente en El País (06/09/09). Después de darnos la vara como otras veces sobre lo tontos que han sido todos los economistas, nos aconseja la lectura de un libro que ya incluí en mi lista de libros de C3C hace dos o tres meses: Animal Spirits, de George Akerloff y Robert Shiller, el gran agorero de las burbujas inmobiliarias. Lo cual está muy bien, porque el libro enfoca la crisis desde un ángulo nuevo, de una vez, más próximo a los postulados que aplica C3C, pero Estefanía no le saca el más mínimo jugo a la idea, pese a que no es ni mucho menos la primera vez que nos remite a ella en sus artículos. Al fin y al cabo, la expresión está tomada de Keynes. Pero la idea básica en torno a la cual marea la perdiz, a saber, que la economía no es el resultado de la suma de los actos de agentes racionales, sino de agentes irracionales, pide a gritos algún tipo de concreción: ¿en qué consiste esa irracionalidad? ¿A través de qué mecanismos se manifiesta? ¿Hay alguna forma de controlarla? En realidad, la lectura del libro citado es algo decepcionante, porque no permite ir muy allá en el esclarecimiento de esos interrogantes, dicho sea esto también en descargo de Estefanía.  Los autores del libro dan un salto del ámbito estrictamente económico al terreno de la psicología. Pero lo que no dan es salto alguno de la psicología a la biología. Eso sigue siendo anatema incluso para los economistas más heterodoxos. En realidad, esa mera idea de la irracionalidad de los agentes no deja de ser algo oportunista, tautológica y claudicante: de la constatación de que la economía se comporta de manera absurda se deduce que el ser humano se comporta irracionalmente. Muy bien, ¿qué más?

 

            Como alternativa a esa mera exposición de lo que hay, vuelvo a aconsejar aquí la lectura de Spent!, de Geoffrey Miller, comentado más arriba. En él se profundiza hasta el nivel de los determinantes biológicos, y, lo que es más importante, se hacen propuestas prácticas. Otro libro aconsejable es “Why most things fail?” de Paul Ormerod, que asume igualmente una perspectiva evolucionista, pero sólo desde el punto de vista matemático. Es un complemento necesario del anterior, pues demuestra de forma bastante convincente el carácter en último término imprevisible de la máquinaria económica: aun consiguiendo que el hombre actuara racionalmente, la economía seguiría asombrándonos con sus caprichosos zigzagueos. (FI).

 

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(I=15/02/09)

ANEXO: ECONOPSICOFÍSICA

 

              Hablábamos más arriba de la energía económica, del producto población * PIB, con todas las constantes o exponentes que se quiera para obtener un valor que tenga algún sentido práctico, interpretativo o predictivo. La verdad es que andaba buscando algún trabajo de econofísica en el que se tuviera en cuenta el factor humano. Antes me había llamado la atención el trabajo citado de Vladimir Z. Nuri, pues a través de él conocí la ecuación básica de la demanda de dinero y me enamoré de ella. Es lo que tiene el diletantismo: accedes oblicuamente a una idea que te cautiva, que crees una joyita casi desconocida, y luego resulta que se trata de un concepto fundamental en la disciplina en que te has internado con tanta ignorancia como atrevimiento.  (Bueno, me consuelo pensando que lo que cuenta es el resultado, el conocimiento adquirido, no el modo de llegar a él. Ni cuántos hayan accedido a él. Al fin y al cabo, para los aficionados al senderismo, por ejemplo, la satisfacción que depara el descubrimiento repentino de un paisaje maravilloso no se ve atenuada lo más mínimo por la obviedad de que por allí han pasado ya tropecientas personas.)

 

              La ecuación en cuestión, que cumplirá 100 años en 2011, tiene la forma M*V = P*Y (donde M=masa de dinero; V=velocidad de circulación del dinero; P=nivel de precios, y Y=PIB), y se la debemos a Irving Fisher, al que, vaya casualidad, The Economist dedica esta semana una semblanza. Se explica en ella que Fisher ensambló esos cuatro conceptos como núcleo de su “teoría cuantitativa del dinero” inspirado por las cascadas y lagos que pudo contemplar en un viaje realizado a Suiza en 1894.  Llegó a elaborar ¡un símil hidráulico del funcionamiento de la economía! Personaje excéntrico (que no dudaré en incluir en mi galería de personajes pintorescos a los que idolatro, como Robert Hooke, Francis Galton, Paul Erdos, Sánchez Ferlosio y algunos más), partidario de la eugenesia (tantos lo fueron en aquellos años con la mejor de las intenciones, cosa que ahora nadie parece querer entender), Fisher inventó el sistema de tarjetas Rodolex, lo que le reportó una enorme fortuna. Sin embargo lo perdió todo cuando el crash del 29. Dos semanas antes del desastre vaticinó “a la Greenspan” que la Bolsa había llegado a un plateau permanente, lo que le costaría no poco pitorreo. Un dato interesante por su relación con la motivación original de esta página web es que Fisher era partidario de que los bancos mantuvieran la reserva fraccionaria en... el 100%. (Más información sobre Fisher aquí).

 

              Pero a lo que iba, Nuri establece una analogía entre la ecuación de Fisher y la ecuación que describe los gases perfectos: pv=nRT. La equivalencia de términos es la siguiente: p=1/Precios; v=M*V; T=PIB. Creo que lo mejor es visualizarla como M*V = Precios*PIB, pues de ese modo se ve enseguida que las políticas monetaristas corren el riesgo de estimular tanto el PIB como los precios, o sea, la inflación.  Se entiende también que quienes critican las políticas monetaristas empleen para explicar su ineficacia la imagen de alguien que se empeñase en “empujar una cuerda” en lugar de tirar de ella para mover algo. En efecto, por más masa de dinero que eches en helicóptero por encima de la sociedad, si el dinero no circula el carro de la economía seguirá quieto.

              Con el tiempo, sin embargo, reparé en que había en la ecuación algo que no me gustaba, a saber, la omisión del factor humano. La introducción de la población como simple factor multiplicador del PIB, en el concepto de energía económica, no me convence, pues aparentemente tiene sólo un valor descriptivo, no predictivo. No hace falta pensar mucho para ver que la clave está en el término de la izquierda de la ecuación. Primero, por una razón obvia: las autoridades monetarias (seres humanos al fin y al cabo) pueden crear dinero. Pero, segundo, lo más interesante, el factor humano es ineludible en cualquier cadena causal que determine el valor de la variable V, la velocidad, como bien demuestra la “trampa de liquidez” por la que estamos atravesando. La velocidad es mínima, mejor dicho, no es todo lo elevada que querrían los Gobiernos (como se ha explicado más arriba), pero a efectos de estas elucubraciones es baja.

 

              Ahora bien, ¿por qué es baja? Interviene aquí un factor psicológico: la confianza. Los bancos no confían unos en otros, mientras que las personas no se fían de los bancos y no se fían tampoco –atención, porque en una sociedad en rápido proceso de envejecimiento eso es muy importante- del futuro. Esto último hace que la gente, en especial la generación del baby boom que está empezando a jubilarse, tienda a acumular dinero, a vender (alguna de) sus casas para conseguir liquidez, a gastar mucho menos.  Y la falta de confianza tiene también su origen en la falta de información. Falta de información, en primer lugar, sobre los activos tóxicos (protagonistas centrales de esta situación de incertidumbre), y en segundo lugar, sobre qué pensión nos quedará después de todo lo que ha caído.

 

              Se diría que la información cumple en el terreno económico el mismo papel que la oxitocina en las relaciones sociales. Ambas fomentan la confianza en el otro, en los otros. Las dos engrasan las relaciones entre los seres humanos. He ahí, pues, un primer factor que vendría a determinar el valor de V: la información, verdadera oxitocina económica.

 

              Pero a lo largo de este texto, artículo o lo que sea (ya no sé en qué se ha convertido esto) hemos hablado de otro factor de gran relevancia como motor del consumo: la emulación. Está claro que V será tanto mayor cuanto mayor sea el instinto emulatorio de los individuos. Estoy seguro de que es posible elaborar un indicador del valor de esa variable, por ejemplo a base de considerar el ritmo de “contagio” del afán por comprar el último gadget de Apple o Microsoft, la velocidad a la que se contagien determinados memes absurdos o determinadas modas (valga la redundancia), la velocidad misma de aumento del precio de las casas...

 

              Por último, se ha comentado aquí que hay datos sólidos que demuestran que la existencia de una clase media numerosa favorece el crecimiento económico. Pero por otro lado he sugerido también que el aumento de las desigualdades (con la consiguiente reducción de las clases medias) podría tener un efecto sinérgico, unido a la emulación, de estímulo del PIB. Un tal Robert Barro, de la Universidad de Harvard, llega a la conclusión de que el efecto es mínimo o estadísticamente no significativo, y que en todo caso sería negativo en el caso de los países pobres, y positivo en los países ricos. Ello parece confirmar los dos posibles planteamientos: el estudio citado por The Economist se centraba en los países emergentes, mientras que mis consideraciones teóricas se aplicaban al contexto de frenesí consumista de los países industrializados. Ello justificaría la inclusión de alguna medida de la desigualdad social entre los determinantes de V.

 

              (I-23/02/09 – Hay otras dos consideraciones al menos que también tenderían a justificar el supuesto de una relación directa entre desigualdad y crecimiento.  En su libro The Economic Naturalist (Virgin Books, 2008, p. 51), Robert Frank analiza la relación entre el tamaño de las casas (y por ende, cabe colegir, su precio) en distintos países (Estados Unidos, Australia y Reino Unido) y el grado de desigualdad, y llega a la conclusión de que los ricos, cuanto más lo son, más suben el listón de referencia, y más tiran del afán emulatorio de los de abajo. Sánchez Ferlosio viene a añadir a todo esto un argumento más especulativo (no podía ser de otro modo), pero también bastante razonable. Tras recordarnos que el fenómeno de la ostentación no se limita ni mucho menos a las clases pudientes, dice Ferlosio (El alma y la vergüenza, Destino, 2000, p. 418) que “... la presión de los cánones suntuarios ... llega a ser máxima precisamente en el estrato ínfimo, allí donde el equipararse, el ‘no ser menos’, equivale a ‘no ser menos que los últimos’, pues por debajo no queda, socialmente, más que el suelo: ‘no ser nadie’, ser ‘un muerto de hambre’”. Si Robert Frank nos hace pensar en la distribución de la riqueza como una trozo de goma elástica vertical que, cuanto más la estirásemos por arriba, más transmitiría una tensión ascendente al otro extremo, las reflexiones de Ferlosio nos remiten a esas imágenes cinematográficas de gente a punto de caer al vacío desde el borde inferior de cualquier variante de plano inclinado que se le haya ocurrido al guionista, aferrándose deseperadamente a cualquier cosa para sobrevivir.

              Respecto al problema en sí de la distribución de la riqueza (y aquí parece que me aparto del análisis de la relación que pueda tener con el crecimiento, pero creo que no es así), se diría que disponemos por fin de un fiel retrato del perfil que adopta, según se explica aquí, y puede apreciarse visualmente en este gráfico.  Al menos en los Estados Unidos, el 97% de la población actúa de manera que el dinero se distribuye entre ellos como la energía en los átomos de un gas. La ecuación descriptiva sería la de la ley de Boltzmann sobre la distribución de la energía y la velocidad de las moléculas de un gas. En el 3% restante la riqueza se distribuye conforme a la ley de Pareto. Ese modelo, consistente en la yuxtaposición de dos leyes físicas, ha logrado describir la distribución de la riqueza mucho mejor que cualquier teoría económica. Cabe resaltar dos puntos. Primero, la forma de esa distribución es muy difícil de cambiar, por razones termodinámicas. Segundo, según simulaciones realizadas, para reducir las desigualdades lo más eficaz sería no tanto un aumento de los impuestos como... atención, una mayor tasa de ahorro entre el 97% del montón. Es de resaltar que esa propuesta se hizo, repito, a partir de simulaciones basadas en un modelo que describe perfectamente lo que ocurre en la realidad, pero sobre todo, lo más importante, es una idea lanzada en 2005, mucho antes de que comenzara la crisis por la que atravesamos.  Podría decirse por tanto que deberíamos conceder a los autores del estudio un plus de credibilidad: trabajaron tras el “velo de ignorancia” de todo lo que iba a suceder dos o tres años más tarde.

 

              Esto último, por otro lado, lleva a pensar que, en los países ricos al menos, existe una relación de bireccionalidad entre desigualdades y crecimiento: a mayor desigualdad, menos ahorro y más crecimiento, y a mayor ahorro, menos desigualdad y menos crecimiento. Una razón más para abogar por el decrecimiento. En ese marco interpretativo, lógicamente, los llamamientos a consumir y no ahorrar que nos lanzan los Gobiernos equivalen a proponer un aumento de las desigualdades como motor del crecimiento. (FI)

 

              Por último, como ya se señaló más arriba, está claro que la frecuencia de contactos sociales favorecerá la emulación. Pero no olvidemos que esa frecuencia dependerá también de diversos factores físicos, entre los que sin duda destacará la geografía. Es algo axiomático que las relaciones sociales (y de otro tipo, por supuesto) aumentan paralelamente a la temperatura ambiente.

 

              Ahora bien, entre los determinantes físicos de la sociabilidad con efectos a nivel poblacional quizá haya que tener en cuenta también el consumo de determinados alimentos. Concretamente, es importante la proporción de alimentos de la dieta que contengan fitoestrógenos, productos con efecto oxitocínico. Se ha comprobado que existe una relación entre la cantidad de esos compuestos en la dieta media de los habitantes de un país y la confianza entre ellos. Finalmente, pues, la oxitocina intervendría no sólo de manera metafórica. 

 

              En definitiva, parece que en los países ricos V sería proporcional, grosso modo, al producto de la inversa de la incertidumbre económica por el grado medio de emulación entre la población por el nivel de desigualdad socioeconómica por la frecuencia media de contactos sociales (determinada a suvez por la temperatura ambiente) por la cantidad de fitoestrógenos en la dieta.

 

              Creo que es urgente que alguien lleve a cabo los estudios necesarios para integrar todas esas variables en la V de la ecuación fisheriana. Del mismo modo que hay una fórmula, la ecuación de Van der Waals, que mejora la ley de los gases perfectos teniendo en cuenta la complejidad de los gases reales [la pv se convierte en ella en (P+an2/V2)(V-nb), donde “a” corrige en función de la fuerza de atracción intermolecular, y “b” en función del volumen de las moléculas del gas), habría que modificar la ecuación básica de Fisher para acomodar todas esas variables. De entrada, parece que estamos bien encaminados para continuar la analogía: la aparición de “n” en el término de la izquierda como “población de átomos” nos permitiría retomar aquella P de la energía económica; y encima la “a”, relacionada con la atracción entre las moléculas, podría ser el equivalente al producto de emulación*contactos sociales*confianza. ¿Y “b”? Quién sabe, a lo mejor hay que considerar la incidencia de obesidad o el peso medio de los habitantes del país, que al fin y al cabo será proporcional a la cantidad de alimentos que necesiten, al volumen de los productos que utilicen... ¡Que investiguen ellos!

 

 

 

              (I-09/08/09) – METABOLISMO Y ECONOMÍA

 

 

              Acabo de leer un libro de Chris Lavers, Why elephants have big ears, que no tiene desperdicio, porque nos introduce como en una trama detectivesca en los entresijos de las diferencias entre los animales de sangre caliente y los de sangre fría. Los primeros se caracterizan por un metabolismo muy despilfarrador: consumen mucho oxígeno y la energía disipada les ha permitido sobrevivir a bajas temperaturas y colonizar así nuevos nichos en zonas polares o cuasipolares, pero les ha permitido también tener brotes sostenidos de actividad -para escapar de los predadores o para perseguir a sus presas- de los que los animales de sangre fría no son capaces. Parece ser que, si bien teóricamente bastaría con que sólo los músculos tuviesen ese funcionamiento marcadamente aerobio, posibilitado por la gran riqueza de mitocondrias de ese tejido, por razones no bien determinadas esa condición fisiológica para desplegar una fuerza muscular rápida y sostenida  arrastra a los otros tejidos a emplear los mismos mecanismos metabólicos. El resultado es que el precio a pagar para poder echar a correr en un momento determinado, para tener reprise, es la necesidad de invertir una gran cantidad de energía en el estado de reposo habitual, en el que el animal pasa quizá el 99% del tiempo. Eso conlleva también la necesidad de ingerir muchos más alimentos. En términos globales, los animales de sangre caliente tenemos una maquinaria metabólica muy ineficiente.

 

              La historia de cómo surgió la sangre caliente a partir de nuestros antecesores de sangre fría es absolutamente fascinante. No fue nada fácil, pero lo que más me llama la atención es que el resultado final es una especie de abismo bioquímico entre los dos metabolismos. O uno u otro. Se trata de dos tipos de animales totalmente distintos: básicamente, mamíferos y aves por un lado, y reptiles y anfibios por otro.

 

              Pues bien, intuyo que podría establecerse una analogía entre esos dos tipos de metabolismo -lento y rápido- y el funcionamiento de la economía. Habría economías lentas y economías rápidas. El capitalismo representaría sin duda la economía rápida por excelencia, una maquinaria obligada físicamente, no sólo metafóricamente, a despilfarrar. Si así fuera, es posible que las alternativas al capitalismo que puedan conceptuarse como “lentas” no tengan ninguna chance, no ya por razones ideológicas, sino por razones físicas, o econofísicas.

 

              No tengo tiempo ahora de desarrollar esta idea, pero ahí se queda. Espero retomarla a finales de mes.

 

              Como dato curioso, entre los vertebrados, adivinen qué animales están mejor preparados para sobrevivir millones de años en caso de catástrofe natural (o artificial): cocodrilos, cabras y conejos. (FI)

 

 

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Referencias

Referencias audiovisuales imprescindibles:

 

Money as debt: http://www.brasschecktv.com/page/135.html, o bien

http://www.veoh.com/videos/v6554033Pn542Y69 (versión francesa de lo anterior)

 

Fiat money: http://www.readyfortomorrow.com/imperio-fiduciario-quien-controle-el-suministro-de-dinero-controlara-el-mundo/#video  (En inglés: http://www.fiatempire.com/)

 

http://www.youtube.com/watch?v=7zD63Mam01Y&feature=related

 

I-08/12: Leopoldo Abadía F-I

 

I-08/12/08 –  vídeo bastante didáctico – FI

 

Textos:

 

Libro fundamental, sobre todo para quien crea que “Money as debt” es un producto panfletario: A primer on money, banking and gold, de Paul Bernstein, con prefacio de Paul A. Volcker. Un clásico sobre el tema, escrito en 1968, pero de rabiosa actualidad.  Muy didáctico para entender los movimientos de dinero entre los bancos comerciales, la Reserva Federal y los ciudadanos, con ejemplos de tres crisis, entre las que destaca, por las similitudes con la actual, la de 1966. Espero que esté traducido.

 

Blog sobre el tema:

 

http://www.joserodriguez.info/bloc/?p=216

 

¿Por fin algunas iniciativas para llevar las protestas a la calle?????

Crisi

 

Decrecimiento/Economía estacionaria:

 

Informe especial de New Scientist

 

Decroissance

 

Compatibilidad de No-crecimiento y buena calidad de vida

 

Revista francesa sobre el decrecimiento

 

Un libro un tanto ingenuo/panfletario: La apuesta por el decrecimiento. Serge Latouche. Icaria, 2006.

 

Con ecuaciones, un artículo seminal de econofísica:

 

Fractional Reserve Banking as Economic Parasitism

(localizable en la web como pdf)

Vladimir Z. Nuri

 

Libros sobre crecimiento sostenible

 

Otros libros contra el consumo:

 

“Enough”, John Naish

 

“How to be idle”, Tom Hodgkinson

 

“How to be free”, Tom Hodgkinson

 

Sobre el riesgo moral:

Riesgos morales

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